Apunte biobibliográfico
Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843, hijo de Sebastián Pérez, teniente coronel del Ejército y de Dolores Galdós. Desde niño (
Infancia en las Palmas 
) fue aficionado a la música, al dibujo y a la literatura. Es en opinión general, el mayor novelista español después de Cervantes.
Abre el camino al Naturalismo con
La desheredada (1881), la primera de sus novelas contemporáneas a la que le seguirán
El doctor centeno (1883),
Tormento (1884) y
La de Bringas (1884).
El amigo manso (1882) es una de las creaciones más originales de Galdós.
Lo prohibido (1884-85) es la novela galdosiana más impregnada de Naturalismo.
Fortunata y Jacinta de 1886-7 es un vasto mural donde la historia, la sociedad y el perfil urbano de Madrid sirven de fondo a un argumento que presenta a dos jóvenes enamoradas del mismo hombre.
En 1873 aparecieron las dos primeras series de los
Episodios Nacionales. Leyó a Balzac (
en Retrato familiar y social: Galdós y sus contemporáneos europeos 
), a los novelistas rusos y a Dickens de quien tradujo
Pickwick papers. Aprovechó las rápidas apreciaciones e indicaciones sobre sus países. Acusó a los escritores contemporáneos de incapaces de describir la vida de su tiempo. Sólo excluyó de sus ataques a
Fernán Caballero y a
José María Pereda. Urgió a los otros escritores a tomar las grandes conclusiones de los problemas sexuales y espirituales de la clase media urbana de su época como principal fuente de inspiración. Sus últimos escritos teóricos añaden poco a estas ideas. Merecen citarse el prólogo a
El sabor de la tierruca de Pereda, un memorial dirigido a la Real Academia Española y el prólogo a la tercera edición de
La Regenta, de Clarín.
Al final de la década de los 80 y a comienzos de la siguiente publica
Miau (1888),
La incógnita (1889),
Torquemada en la hoguera (1889),
Realidad también en 1889 y
Ángel Guerra de 1891, en donde experimenta una nueva manera de novelar. Los problemas éticos aparecen en
Tristana (1892),
Nazarín (1895),
Halma (1895) y
Misericordia (1897). Frecuentemente (como en
Nazarín o
Misericordia), sus novelas parecen recordar a Dostoievski. Su penetración psicológica ha sido igualada pocas veces. Entre sus características más definidas se cuentan un estilo personal vigoroso y muy marcado; un gran conocimiento de la locura y la esquizofrenia (no hay que olvidar su interés por
Don Quijote) raramente preciso; un efectivo y sistemático manejo del simbolismo (evocador de su propia desilusión por la debilidad de España) y una conmovedora lástima por la gente que pretende elevarse de la bondad a la santidad.
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